EL PENITENTE DE LEKEITIO

Penitente de Lekeitio

Como cada madrugada, Txili se despertó muy temprano, comió algo rápido, cogió su antorcha y salió a las calles de Lekeitio antes de que todos los pescadores salieran a faenar. Txili era señero, y tenía que llegar a la atalaya para avisar a éstos de las condiciones del mar para ver si se podía o no pescar.

Al llegar a su puesto de trabajo, miró la mar. Estaba todo en calma, entonces el señero comenzó a mover la antorcha indicando que se podía pescar. Hacía mucho frio, pero Txili era hombre recio, no cualquiera valía para desempeñar esta clase de trabajos.  No todo el mundo estaba dispuesto a pasar las noches a oscuras a merced de los caprichos del tiempo y en mitad del monte solo.

Cuando Txili llevaba unos 20 minutos haciendo las señales correspondientes, bajó la antorcha y se quedó mirando fijo al mar. Todavía no había llegado nadie a pescar. Todo quedó en silencio, solo se escuchaba el suave crepitar de la llama. Se giró y a unos pocos pasos de él se encontró un penitente, de gran altura, encapuchado con traje talar negro que le llegaba a los pies y con una especie de látigo en la mano. Se sobresaltó y dio un respingo ya que no se esperaba a nadie a esas horas. En esta época, era algo habitual ver a estas personas vagar por las afueras a altas horas de la noche haciendo sus penitencias, dándose latigazos en la espalda u orando de rodillas delante de símbolos cristianos para purgar sus pecados.

-¿Podría acompañarme al Monte Oiz?, necesito llegar antes de que amanezca.- dijo el penitente.

-¿Al monte Oiz antes del amanecer? Imposible, eso está lejísimos, ni yendo a paso ligero llegaríamos a tiempo. Además tengo que informar del estado del mar a los compañeros.

-¿Qué ocurre atalayero?, ¿quizás tengas miedo?

Entonces le vinieron unos recuerdos a la cabeza de la tarde anterior. Se encontraba en la taberna del pueblo con sus amigos, algunos de ellos pescadores, que le preguntaban si no tenía miedo a los penitentes, porque a ellos cuando salían a faenar, encontrárselos en mitad de la noche con esos atuendos les daba pavor, y él les decía: -¿Yo miedo? Aunque me encontrara con el mismísimo Diablo vestido de penitente en mitad de la noche y me dijera que le acompañara, yo no sentiría miedo.

Txili frunció el ceño, se giró hacia el mar, y vio decenas de luces sobre las aguas, los pescadores ya habían comenzado su jornada. Si ya había realizado su trabajo y él se consideraba un buen cristiano, ¿Qué le impedía guiar a este pobre penitente hasta su destino?

-Sígame buen hombre que le acompaño hasta el monte, pero ya le advierto que puede que no lleguemos a tiempo. Le dijo el atalayero mientras recogía todos sus bártulos y se ponían en camino.

-Solo necesito un buen compañero de viaje-. Y de fondo se escuchaba una tenue carcajada.

Llevaban ya unos kilómetros andando cuando llegaron al arco de San Pedro, junto al puerto de Lekeitio donde había una escultura del santo, delante del cual Txili se acercó a santiguarse. Al darse la vuelta para continuar con la marcha, se dio cuenta que su compañero había seguido andando y le estaba esperando un poco más adelante. Esto a él le resultó sospechoso.

Más adelante pasaron por enfrente de la fachada principal de la ermita del Santo Cristo de la Piedad. El señero realizó la misma operación: se acercó a las escalinatas de la ermita, se arrodilló y se santiguo, pero esta vez de reojo miró al penitente y observó que continuaba sin mostrar ningún gesto de respeto hacia los símbolos religiosos, es más, parecía que quería alejarse todo lo posible de la ermita.

-¿Qué tipo de penitente es éste?- pensó para sus adentros. No se flagela, no reza, ni tan siquiera se santigua. Esta situación ya le estaba empezando a poner un poco nervioso, porque ya dudaba si realmente era un penitente o podría ser un bandido o un ladrón.

La misma situación ocurrió cuando pasaron frente a la estatua de la Virgen que hay en la entrada de la Basílica de la Asunción de Nuestra Señora y en el Humilladero de Atea, ya a las afueras de Lekeitio, donde pasó de largo sin prestar atención al pequeño Cristo del Portal. Pero esta vez sí que se atrevió a preguntar:

-¿Qué clase de penitente eres tú que no has hecho ningún acto de penitencia ante ningún símbolo sagrado por donde hemos pasado?

-¿Por qué preguntas? ¿Tienes miedo?

Saliendo de Lekeitio en dirección a Oibar, volvieron a coger el sendero teniéndose que poner en fila, primero el señero y detrás el penitente. La gallardía de Txili empezaba a flaquear, sentía que su compañero de viaje cada vez se le acercaba más, tanto que podía escuchar su respiración agitada. Se preguntaba quién sería tan misterioso personaje que ni siquiera le había visto la cara. Txili sacó su rosario que llevaba en el bolsillo y se puso a rezar para calmar los nervios.

Lo notaba ya muy cerca, en ese momento giró un poco la cabeza, disimuladamente, para intentar ver algo más de él, y lo que vio le heló la sangre. Logró distinguir tan solo dos dedos de su mano, pero parecían los dedos de un cadáver, más alargados, huesudos y retorcidos. En ese momento el atalayero aceleró el paso y el penitente lo advirtió y le dijo:

-¿Qué ocurre Txili, ahora sí que tienes miedo?

Y se escuchó una rotunda carcajada que al pobre hombre le puso los pelos de punta. Convencido de que aquel tipo no era ningún penitente, soltó la antorcha y salió corriendo. Sabía que cerca había una ermita y puso rumbo a ella. Miro hacia atrás para controlar al monstruo, y se dio cuenta de que no daba pasos, si no que flotaba y dentro del capuchón brillaban dos ojos rojos como los del mismísimo diablo.

Por fin llegó a la ermita y dando una gran patada a la puerta la abrió y saltó dentro cayendo de bruces. Se incorporó mirando hacia la puerta y pudo ver al penitente que no podía cruzar su umbral. Lo intentó unas cuantas veces pero no podía, era como si hubiera un muro de cristal que le quemaba cada vez que intentaba cruzar. El misterioso personaje dio un rugido que estremeció el santuario. Se quitó la capucha y tenía la cabeza de un gran macho cabrío, con unas largas barbas y grandes cuernos.

-Atalayero estúpido-, dijo el macho cabrío. Mide tus palabras cada vez que presumas de valentía delante de tus amigos. Pues hasta el más valiente tiembla de terror con solo sentir mi aliento. Da gracias a donde estas y a lo que llevas en la mano, porque te ha salvado, de lo contrario… ahora serias mío.

Y dando una gran patada a la puerta se alejó y se perdió en la espesura del bosque. Al rato, cuando Txili terminó de rezar se asomó y vio en la puerta una gran marca de una pezuña de cabra.

El pobre Txili ya jamás pudo presumir que nunca había sentido lo que era el miedo.


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